domingo, 11 de noviembre de 2007

El ángel de la guarda


Aparte de rezar las 'cuatro esquinitas tiene mi cama' por la noche, recitando una retahíla de sílabas de memoria sin ningún sentido, el 'Ángel de la Guarda' fue mi primer colegio, tras un breve período en una guardería llamada 'Caperucita Roja' de donde salimos porque un niño minusválido se encaprichó con los mechones de pelo rubio dorado de mi hermana y la perseguía para arrancárselos.
Estaba situado en una casona de una calle estrecha, a la que se accedía a través de un amplio zaguán con un par de anchos escalones y una puerta de doble hoja en madera blanca con un dibujo labrado y cubierto por trozos de cristal de distintos colores. El timbre, a la derecha,  consistía en una especie de manivela que se giraba para hacerlo sonar. Era una buena guardería en la que aprendí a leer a los tres o cuatro años. Estaba regida por cinco hermanas: Carmen Gloria, Dora, Yuya, Susa y Piluca, cuyos nombres no encuentran ya rostros a los que referirse. Lo único que recuerdo vagamente es que Dora era más estricta; Carmen Gloria más alta con el pelo corto, pero no alcanzo a ver nada más.
La casa tenía dos pisos conectados por una ancha escalera de madera y  un patio, que a mí entonces me parecía tan grande como un campo de fútbol, flanqueado por las traseras de los edificios de la calle paralela. Al fondo del patio había un pequeño cuarto de aperos donde yo imaginaba brujas y castigos. Debajo de la escalera, un cubículo aprovechando la inclinación de la misma, servía de amenaza si no nos portáramos bien. Los días de lluvia permanecíamos dentro de la casa y cantábamos en un cuarto frente a la puerta principal. Me asombra estudiar las letras de las canciones que entonces se enseñaban a los niños por lo enrevesado de su trama: 'oh-mi-pa-pa-fue-siem-preun-hom-bren-can-ta-dor-na-die-comoel-ja-masexis-tira-oh-que-gran-clon-cuando-su-bea-la....' Una melancólica canción propia de alguien que ha recorrido ya un tramo de la vida y se vuelve para mirar atrás.
El patio estaba precedido por un porche delimitado por una balaustrada. Una tarde, cuando ya se habían ido todos, metí la cabeza entre los barrotes y me quedé atrapada sin poderla sacar. No sé cómo conseguí salir de allí. ni quién me ayudó, pero creo que nunca más me he vuelto a meter en una situación similar. A los cuatro años y medio me fui de allí, pero volvía en vacaciones con mis hermanos más pequeños y entonces asistía a las clases de niños mayores que yo que estudiaban un libro verde con un caballo balancín en la portada.

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