domingo 29 de noviembre de 2009

El Caso



La prensa del Régimen Franquista no informaba sobre los asesinatos que se producían en este país pues, según los jerarcas de entonces, en la España Nueva no había nada negativo y publicar delitos serviría para dar ideas a nuevos delincuentes. Esto fue así hasta el año 1952 cuando vio la luz el semanario El Caso, conocido como 'el periódico de las porteras', que durante treinta años estuvo informando a sus lectores sobre una España real alejada de la España oficial.
Era una España negra llena de monstruos que respiraban a través de las páginas amarillentas de aquel periódico que describía con pelos y señales un mundo sórdido de cabezas decapitadas, horribles asesinatos y una hemorragia de sangre permanente. Las letras en rojo de la portada atraían a los lectores con titulares dignos de la más truculenta película policiaca de Hollywood.
Sin embargo, el recuerdo más vívido que tengo del terrible semanario fue una mañana de domingo en la que íbamos a pasar el día a La Laguna. Mi padre ya había sacado el coche del garaje, una operación que requería cierta pericia porque había que colocar los tacos para que las ruedas salvaran el desnivel de la acera y luego cerrar las hojas de la puerta del garaje y la verja de fuera. El coche estaba listo y una sucesión de niños y niñas de todas las edades se iba instalando sobre el tapizado rojo del asiento de atrás. ¿Estamos todos? alguien preguntó. No, ¡falta R!, el quinto de mis hermanos que entonces tendría unos siete años. ¿Dónde está R? Alguien subió de nuevo a casa a buscarlo sin éxito, los demás gritamos su nombre para ver si contestaba. ¿Estará en casa de Doña Lola? Y entonces alguien dijo: ¡viene por ahí, del carrito!. Y allí por la cuesta subía mi hermano satisfecho, con la parsimonia de un adulto, llevando en sus manos con naturalidad el ejemplar semanal de El Caso que había comprado con el duro del domingo.


sábado 28 de noviembre de 2009

Pionera


A principios de los sesenta  muy pocas mujeres conducían en este país. Sin embargo, mi madre fue una pionera en ese campo probablemente forzada por la necesidad de trasladar  la abultada tropa de un lado a otro y dar fe de la modernidad que, a cuentagotas, se iba apoderando de este país entonces 'en vías de desarrollo'. Fue su padre, mi abuelo, el que le enseñó a rodar por las carreteras con esa gran precisión que evitó que sufriera accidentes que hicieran peligrar nuestras vidas o la suya propia.
Siempre a ritmo ligero se movía sin parar por toda la ciudad recogiendo y soltando niños propios y prestados. Sus coches, diminutos para los patrones actuales, eran como el bolso de Mary Poppins cuya capacidad ilimitada albergaba todos los niños necesarios para formar un equipo de futbol, suplentes incluídos. A todas horas sonaba el teléfono en casa requiriendo sus servicios para volver de casa de un amigo porque se había hecho de noche o por cualquier otro motivo.
En una ocasión, estando en la casa de verano en La Laguna, surgió la necesidad de ir rápidamente a Santa Cruz a buscar algo. Debido a la premura de la diligencia y a que no tenía que bajarse del coche, decidió no cambiarse de ropa y salir tal como estaba vestida. Pero la traviesa fortuna, que quiso echarse unas risas aquel día, hizo que en plena Rambla un coche le diera un golpe por detrás. Y entonces, la aparentemente elegante señora no tuvo más remedio que abrir la puerta del coche y bajarse avergonzada mostrando en sus pies aquellas zapatillas de color azúl celeste que tan cómodas le resultaban en casa.
Fue ella la que años más tarde me enseñó a cambiar de marchas manteniendo el pedal del embrague en la posición correcta y a frenar reduciendo de marcha antes de llegar a los semáforos en rojo.Hace unos meses, después de un susto en una curva de la autopista a la que accedió por el carril de la izquierda a toda velocidad, y de la que de milagro salió con vida, se replanteó la conducción y decidió, sabiamente, que ahora prefiere que sean otros los que la lleven de acá para allá. Lo curioso es que yo, sin saber del incidente en cuestión, ya había desarrollado una fobia a esa misma curva a la que accedo siempre temerosa por el carril de la derecha. ¡El poder de los genes!

domingo 22 de noviembre de 2009

Lectura de Notas


Cuando yo estudiaba en el colegio no se hablaba de evaluaciones ni de recuperaciones y las notas se entregaban todos los meses escritas a mano en un pequeño boletín que había que llevar a casa para traerlo firmado a la semana siguiente. En cualquier caso, la entrega de notas no era un acto rutinario en el aula sino  un momento solemne celebrado con toda la pompa en el Salón de Actos. Entonces, distribuidas en las sillas de tijera a ambos lados del pasillo, nos poníamos en pie al unísono cuando la puerta se abría para dar paso a la monja tutora del curso y a la Madre Superiora, que en mi colegio se llamaba Nuestra Madre.
La solemnidad del acto nos penetraba en el cuerpo y temblorosas esperábamos, con las manos frías y  los pies golpeando rítmicamente la silla de delante, a que la monja dijera nuestro nombre para levantarnos y oir algo así como: 'Almudena Pérez. Este mes ha mejorado, tiene todas las asignaturas aprobadas aunque puede hacer más. Ha tenido un comportamiento bueno, aunque tiene que esforzarse por ser más puntual' y entonces Nuestra Madre hacía algún comentario adicional, sobre todo cuando llegaba el turno de alguna de aquellas alumnas mimadas por todos a las que siempre les dedicaban las más maravillosas sonrisas y parabienes. Porque en la España de entonces, y me temo que aún en la actual, siempre hubo alumnos preferidos a los que se les mimaba descaradamente y se les permitían privilegios negados a los otros alumnos.
A las mejores alumnas se les concedía la Primera Banda, unos cordones dorados, como los que usan los militares, un extremo enganchado en el tirante y el otro colgando de un botón de la blusa, y  las que les seguían  recibían la Segunda Banda, de color plata. El resto de las alumnas que aprobaban todo se les premiaba con la recompensa, la insignia del colegio que había que lucir sobre el tirante del uniforme como señal de distinción. Por lo tanto, el sistema permitía que supiéramos en todo momento quiénes eran las alumnas más estudiosas del colegio aunque no estuvieran en nuestro curso.
En nuestros boletines se especificaba no sólo el rendimiento académico por medio de una cifra del 1 al 10 que nadie tenía el menor problema en identificar, toda vez que los números inferiores a 5 estaban escritos en tinta roja para no dejar lugar a dudas y los superiores en tinta azul. También venía reflejado en sus páginas el número de ausencias que se habían producido durante el mes y el comportamiento que habíamos demostrado en todo momento.
Nunca tuve la Primera Banda, pero puedo asegurar que salir de la Lectura de Notas luciendo la Segunda Banda era una sensación única que culminaba cuando llegaba a casa boletín en mano y una sonrisa orgullosa pintada en la cara.

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