La prensa del Régimen Franquista no informaba sobre los asesinatos que se producían en este país pues, según los jerarcas de entonces, en la España Nueva no había nada negativo y publicar delitos serviría para dar ideas a nuevos delincuentes. Esto fue así hasta el año 1952 cuando vio la luz el semanario El Caso, conocido como 'el periódico de las porteras', que durante treinta años estuvo informando a sus lectores sobre una España real alejada de la España oficial.
Era una España negra llena de monstruos que respiraban a través de las páginas amarillentas de aquel periódico que describía con pelos y señales un mundo sórdido de cabezas decapitadas, horribles asesinatos y una hemorragia de sangre permanente. Las letras en rojo de la portada atraían a los lectores con titulares dignos de la más truculenta película policiaca de Hollywood.
Sin embargo, el recuerdo más vívido que tengo del terrible semanario fue una mañana de domingo en la que íbamos a pasar el día a La Laguna. Mi padre ya había sacado el coche del garaje, una operación que requería cierta pericia porque había que colocar los tacos para que las ruedas salvaran el desnivel de la acera y luego cerrar las hojas de la puerta del garaje y la verja de fuera. El coche estaba listo y una sucesión de niños y niñas de todas las edades se iba instalando sobre el tapizado rojo del asiento de atrás. ¿Estamos todos? alguien preguntó. No, ¡falta R!, el quinto de mis hermanos que entonces tendría unos siete años. ¿Dónde está R? Alguien subió de nuevo a casa a buscarlo sin éxito, los demás gritamos su nombre para ver si contestaba. ¿Estará en casa de Doña Lola? Y entonces alguien dijo: ¡viene por ahí, del carrito!. Y allí por la cuesta subía mi hermano satisfecho, con la parsimonia de un adulto, llevando en sus manos con naturalidad el ejemplar semanal de El Caso que había comprado con el duro del domingo.




