miércoles, 15 de abril de 2015

Doña Servanda




En mi barrio, Doña Servanda (sin diminutivo y sin desposeer nunca al nombre de su título honorífico de Doña) era toda una institución. Siempre estaba allí, detrás de un mostrador de cristal en cuyo interior se podían ver los distintos tipos de golosinas que vendía a los niños como yo: pastillas de plátano, bombones de dos cincuenta, ambrosías, chocolatinas Cadbury, cuadrados de chocolate, pastillas de a perra chica...que despachaba envolviéndolos en un papel de seda al que daba, con mucho geito, dos o tres vueltas en el aire para anudar el contenido en su interior.
Al cabo de los años apareció, a la derecha de la entrada, una nevera con los primeros helados industriales (Kalise, creo recordar) y aún hoy conservo la extraña sensación de aquel  primer polo de hielo en mi boca.
Cuando un cumpleaños se presentaba por sorpresa, mi madre nos mandaba a Doña Servanda donde siempre había un regalo improvisado con el que presentarnos en la fiesta.
Doña Servanda, siempre embutida en su tienda de Alibabá y rodeada de objetos inverosímiles, despachaba incesantemente golosinas a los niños. A pesar de las continuas visitas de la chiquillería, no era dada a crear lazos familiares con nosotros y se mantenía dentro de la tienda enfrascada en la tarea de sacar de la misma el mayor número posible de productos, como si de no hacerlo se fuera a asfixiar con tanta opresión. A veces la ayudaba uno de sus hijos, con su mismo nombre en masculino y sin título de Don, y poco más recuerdo de aquel nombre mágico y conseguidor de todo lo necesario por muy tarde que fuese.

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